
El don, desde tierras foráneas vino y preñó de cultura todo lo que hubo de tocar y toca desde entonces en esta media isla.
Con su acento particular, y no sólo en su hablar, sino también impreso en cada cosa que hace, refleja que en este mundo en el que todo pareciera ser copia en masa, se puede ser auténtico.
Se podría afirmar que, siendo el don una fuente cultural encarnada en ser humano, así sería su descendencia.
Y en cierto modo lo es, pues uno de sus frutos se dedica a cantar (literalmente) el arte, la vida, la existencia. La otra, a estudiar el pensamiento, la cordura, el ser y sus veleidades, lo que también se puede considerar un empuje para la cultura desde la perspectiva que permite el umbral de las ciencias médicas con un buen adobo filosófico.
Mas, en su tercer hijo, no se puede afirmar que sea una extensión de su ser... él mismo pareciera como avergonzarse de ello, de que ese muchacho no ame ni una pizca por lo que se esfuerza desde que fuera un joven periodista frente a una máquina de escribir en la Cuba de sus mocedades.
De acuerdo a lo que expresa el don con una franqueza que pareciera gélida debido a su carácter indiscutible, el jovencito de 21 años centra el sentido de la existencia en la materia e ignora por completo las esencias abstractas de la vida, tan profundas... tan densas y caóticas, pero armoniosas en su lío.
¿Qué tan verdad será aquéllo? Quizá le falte tiempo. Quizá el don debería darle espacio a ese mozo que lleva con orgullo su apellido, para que geste dentro de sí la sensibilidad por estudiar y difundir algún aspecto de ese entorno invisible que se adentra en cada partícula de este engranaje llamado realidad.
Don, paciencia. Es comprensible que se vea atrapado por no poder inyectar a su hijo lo que usted lleva en sus venas, ese ardor por la cultura, por la sabiduría, por lo eterno y etéreo. El tiempo habrá de confirmar si es y siempre ha sido materialista, o si dentro de él, queda un espacio aún para la gravedad de las cosas que habría de expandirse y adentrarse tanto que, posiblemente, ya se adivine una imagen tridimensional suya en aquél cuerpo nóbel genéticamente semejante al suyo.
Con su acento particular, y no sólo en su hablar, sino también impreso en cada cosa que hace, refleja que en este mundo en el que todo pareciera ser copia en masa, se puede ser auténtico.
Se podría afirmar que, siendo el don una fuente cultural encarnada en ser humano, así sería su descendencia.
Y en cierto modo lo es, pues uno de sus frutos se dedica a cantar (literalmente) el arte, la vida, la existencia. La otra, a estudiar el pensamiento, la cordura, el ser y sus veleidades, lo que también se puede considerar un empuje para la cultura desde la perspectiva que permite el umbral de las ciencias médicas con un buen adobo filosófico.
Mas, en su tercer hijo, no se puede afirmar que sea una extensión de su ser... él mismo pareciera como avergonzarse de ello, de que ese muchacho no ame ni una pizca por lo que se esfuerza desde que fuera un joven periodista frente a una máquina de escribir en la Cuba de sus mocedades.
De acuerdo a lo que expresa el don con una franqueza que pareciera gélida debido a su carácter indiscutible, el jovencito de 21 años centra el sentido de la existencia en la materia e ignora por completo las esencias abstractas de la vida, tan profundas... tan densas y caóticas, pero armoniosas en su lío.
¿Qué tan verdad será aquéllo? Quizá le falte tiempo. Quizá el don debería darle espacio a ese mozo que lleva con orgullo su apellido, para que geste dentro de sí la sensibilidad por estudiar y difundir algún aspecto de ese entorno invisible que se adentra en cada partícula de este engranaje llamado realidad.
Don, paciencia. Es comprensible que se vea atrapado por no poder inyectar a su hijo lo que usted lleva en sus venas, ese ardor por la cultura, por la sabiduría, por lo eterno y etéreo. El tiempo habrá de confirmar si es y siempre ha sido materialista, o si dentro de él, queda un espacio aún para la gravedad de las cosas que habría de expandirse y adentrarse tanto que, posiblemente, ya se adivine una imagen tridimensional suya en aquél cuerpo nóbel genéticamente semejante al suyo.

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